Ueno

Ueno, en la zona norte de Tokyo, es conocido por su enorme parque repleto de museos y de vagabundos.


La foto de rigor nada más salir del metro. Esto es lo que vi antes de internarme en el inmenso parque. A la izquierda se puede ver uno de los muchos Yodobashi que pueblan Tokyo.

 


Cuando vi la cantidad de vagabundos que había al poco de entrar primero pensé que me había equivocado de parque y luego pensé que para ser la entrada principal (que no lo era) era un poco menos de lo que esperaba. El “samurai paseando perro” me dio ánimos para seguir ignorando la pregunta de si los vagabundos japoneses borrachos intentarían asaltar a un joven gaijin con cámara réflex y mapa en mano.

 


Avanzando un poco más empiezo a ver edificios dentro del parque, menos vagabundos y un poco más de orden.

 


Por si alguien tiene problemas para encontrar el museo de las ballenas hay una a tamaño natural enfrente de la entrada.

 


Aquí se pueden ver vagabundos de Ueno, todos completamente ordenados en filas y con una tela sobre la que se sientan (sin pisarla con los zapatos, aunque sea una vivienda pequeña es una vivienda). La mayoría no debían de tener muchos yenes en los bolsillos pero eso sí todos organizados y civilizados (he leído que el perfil típico es el de un hombres ya entrado en años que ha perdido su trabajo y no puede encontrar uno nuevo). No había alboroto ni ruidos molestos, podían ser espectadores de un cine al aire libre.

 


Avanzando en dirección al Museo Nacional de Tokyo se encuentra este enorme claro. Tokyo es una megalópolis pero con la cantidad de grandes parques la ciudad todavía puede respirar.

 


Entrada al Museo Nacional de Tokyo. Este tipo de museos no me gustan y me parecen aburridos pero años de condicionamiento materno hicieron que no me diese cuenta de lo que estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde. El museo tenía lo que se podría esperar de un museo nacional: objetos del Japón prehistórico, antiguo, medieval y algo del moderno, katanas, kimonos y mujeres policía en cada esquina con las que me costaba no acercarme y preguntarlas cómo podían aguantar de pie durante horas vigilando obras de arte acristaladas en un país tan pacífico como es Japón.

 


Después de liberarme de la ilusión y salir del museo se me ocurrió la feliz idea de “experimentar la sensación de perderte en un lugar que no conoces”. Acabé tardando 40 minutos en bordear todo el parque Ueno bajo el sol de Tokyo de las dos de la tarde en pleno agosto. Pasé al lado de frondosos y frescos árboles cuya sombra no me tocaba, escuché los sonidos de los animales del zoo del interior de parque y a los niños diciendo “kawaiii” sin ver nada y vi caminar gente a través de puentes que cruzaban por encima de donde yo iba caminando.

 


Si alguien quiere repetir la experiencia hay que girar por la izquierda al llegar al Museo Nacional y seguir todo recto.

 


Mientras buscaba un 24h para comprar algo de bento me encontré con este en enorme estanque de plantas flotantes. Mi imaginación me insinuaba que podría haber serpientes y otros animales peligrosos en sus aguas aunque no vi nada. No entiendo cómo los japoneses pueden tener parques y rascacielos de dimensiones tan enormes y a la vez ser tan recatados y minimalistas para algunas cosas.

 


Más allá del estanque anterior y con un par de bentos en el estómago di por finalizada mi visita al parque. Fue una lástima que el día estuviera medio nublado. Me habría gustado visitar las partes del parque que me dejé.

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