Excursión a Chamonix, Mont Blanc

El domingo pasado fui con otros 90 estudiantes del CERN a Chamonix, un pueblecito a los pies del Mont Blanc. Al llegar un grupo se fue a lo alto del Mont Blanc en teleférico y los valientes que quedamos nos fuimos a hacer senderismo a la montaña opuesta, Brevent.

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Cogimos dos teleféricos que nos llevaron al punto más alto de Brevent desde donde se podía mirar a los ojos a su amigo Mont Blanc en el lado opuesto del valle.

Con nieve alrededor y la mitad de la gente en camiseta y pantalones cortos comenzamos a bajar por la ladera opuesta al valle rumbo a un lago que no veíamos pero que según todas las indicaciones debía estar en algún punto allá abajo.

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Las vistas a medida que bajábamos eran increíbles.

 

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Al principio pensaba que estas montañitas de piedras estaban puestas por senderistas y que era una curiosa costumbre. Al tener que subir, horas más tarde, en sentido opuesto, con los pies entumecidos y toneladas de montaña enfrente de mí creí comprender su verdadero propósito: señalarte el camino de pendiente menos elevada.

 

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Siempre había pensado que estas vistas eran como algunas mujeres que nunca ves en la vida real y te preguntas dónde vivirán.

 

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Desde arriba el lago parecía poco más que un charquito pero al llegar pude comprobar que realmente era más grande que un campo de fútbol. Ignorando el sentido común y otras limitaciones mentales un par de amigos (uno de ellos el austriaco del que he hablado en otra ocasión) decidieron darse un chapuzón. Más tarde me comentó que al principio la sensación era como si entrases en un congelador pero que unos segundos más tarde la piel parecía apagar un rato (entre 60 y 90 segundos) los nervios y no se notaba mucho el frío. Luego al salir del agua como todo estaba más caliente que tú era como salir de la ducha. Uno se secó con calcetines y el otro con una bufanda.

 

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Tras descansar un poco en la orilla del lago, unas amigas y yo, nos fuimos en solitario a caminar un poco más en busca de un refugio que sabíamos que estaba más o menos por la zona.

 

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Puedo confirmar que a más de 2000 metros de altura y en medio de las montañas hay cobertura, algo bastante útil para momentos como el de la foto donde no había ni un alma al que preguntar.

 

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Ya a pocos minutos de llegar al refugio y tras atravesar una gran pradera en lo alto de Brevent las montañas me regalaron esta vista. Creo que es la imagen que guardo con más cariño de todo el viaje.

 

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Una vez en el refugio (un pequeño bar/restaurante con una terraza y 3 o 4 mesas) descansamos y comimos un poco.

Cuando se hizo la hora de volver nos pusimos de nuevo en camino de vuelta a lo alto de Brevent para coger el teleférico que nos llevaría a la parte más baja del valle. Desde el refugio las vistas eran sobrecogedoras. Con montañas y distancias así, el aire tan puro y una majestuosidad rodeada de tal silencio me habría quedado con gusto toda la tarde pero las restricciones no me lo permitieron.

 

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Tras abandonar esas praderas en las que estas a la misma altura que las nubes emprendimos el camino de vuelta. Este último tramo no solo era como estar subiendo escaleras puntiagudas durante más de una hora, era hacerlo después de haber estado caminando durante 2 horas. No recordaba tal cansancio desde hacía mucho tiempo. Mis pies se movían solos, mis pobres deportivas envejecieron, a base de socializar con las piedras, por lo menos 2 años (todavía no me voy a comprar unas nuevas mamá, lo siento) y las agujetas me han durado 5 días.

 

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Una última mirada.

Acabé completamente agotado y, aunque me habría gustado hacer el viaje con mucha menos gente y menos pendiente del tiempo, ha sido una bonita experiencia. Me sentía como estar en un mar de calma. Era como estar en un una enorme sala con un coloso de varios metros de altura y silencioso y multitud de gente alrededor que, por más que hablase, no conseguía sobreponerse a la presencia de dicho coloso ni podía evitar que su silencio inundase toda la sala y ahogase todo el ruido.

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