Alma gemela

Abro lentamente los ojos. Ella está de nuevo delante de mi apoyada sensualmente entre las columnas de un pequeño templo de mármol. A su alrededor la luz se mantiene en un alba permanente. Nos encontramos en medio de una pradera que se extiende en todas direcciones hasta donde alcanza la vista. No hay nada más que una interminable alfombra de verde brillante y verde y, en su centro, a modo de pedestal el templo de cálido mármol. La suave luz anaranjada sobrevuela todo lo que me rodea y lanza sombras sobre el interior del templo donde se encuentra ella.

Me acerco hacia el templo.

El único sonido que llega a mis oídos es el del suave viento bailando con el sedoso y traslúcido vestido que lleva ella. Parece la personificación de la calma y la tranquilidad, no me hace sentir incómodo ni inferior. Tampoco me hace sentir premura o indiferencia, su atención reposa sobre mi sin ningún tipo de esfuerzo o intención.

Me acerco unos pasos.

Ahora puedo distinguir con mayor claridad los contornos de su femenina forma El vestido le llega desde los pies hasta la cintura y de la cintura hasta unos tirantes que cuelgan de sus hombros con ligereza.

Me acerco un poco más.

Ella sigue inmóvil, observándome, en parte al acecho y en parte con curiosidad. Su cuerpo está completamente relajado. Sus ojos se ocultan tras una sombra pero puedo leer en sus labios una ligerísima sonrisa de felicidad y complicidad. Su piel es blanca como la nieve y su pelo lacio parece aureo al reflejar la luz del sol. Toda ella mana divinad.

Avanzo hasta quedar justo enfrente de ella.

Ella se incorpora y abandona la oscuridad dirigiéndose entonces hacia mi y haciendo desaparecer la distancia entre nosotros. Sus ojos son de una belleza indescriptible y están clavados fijamente en mi. Su mirada es tranquila y serena y no hago sino ver sabiduría a través de ellos. Ahora que la tengo tan cerca puedo apreciar la perfección que hay en ella y en especial en su rostro y, ahora sí, un durante unos instantes noto cómo un sentimiento de inseguridad se abre paso a través de mi. Ella lo percibe y extiende sus delicados brazos alrededor de mi cintura para que no me vaya. Intento recordar quién soy y entonces ella sonríe cerrando los ojos y se apoya sobre mi.

Todo es ahora quietud. Cierro ahora los ojos.

Un pequeño puntito de luz aparece en la oscuridad. Empiezo a sentir pequeñas descargas eléctricas a lo largo de todo mi cuerpo. Primero son ligeras pero luego empiezan a confluir todas en una especie de circuito cerrado y noto cada vez más energía. Un intenso sentimiento de felicidad crece a medida que aumenta el ritmo del flujo eléctrico. Lo que antes era un pequeño punto en el espacio que separa los ojos es ahora una fulgurante luz blanca que cubre todo el velo negro.

Abro los ojos.

Ella me está mirando mientras sigue apoyada. La luz anaranjada ha dado paso a un brillante sol de mediodía. Toda la pradera está cubierta ahora de serpenteante energía, parece que esté electrificada. Ella me coge de la mano y me lleva a la pradera. Sus pies descalzos no dejan huella sobre la hierba. Se aleja unos pasos de mi disfrutando de la luz del sol y deslizándose sobre la hierba.

Me acerco hasta ella.

He recordado quién soy. Ella se detiene. Ahora soy yo el que extiendo mis brazos alrededor suya. La miro a los ojos y ella me mira a mi. Los cerramos mientras acercamos lenamente nuestras caras. El tiempo se detiene. El viento deja de corretear e incluso el sol parece haber detenido su movimiento. Sus labios entran en contacto con los míos y la indescriptible sensación que me atraviesa entonces va más allá de todo lo que puedo expresar con palabras.

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