24h de viaje

7:45 del 13 de diciembre (hora de Chicago). Suena el despertador. Algún día levantarme a esta hora me parecerá tarde. Enciendo el mac y pulso la tecla f4, -12ºC. Bueno, tengo tanto sueño que ni me enteraré. Miro por la ventana y el sol brilla traicionero. Con esta temperatura cualquiera sale sin guantes u orejeras.

8:47. En la parada de autobús cuatro manzanas más abajo. Faltan 10 minutos para que venga el Lex Express a recogernos a las 15 personas que estamos calmadamente, por el sueño, tiritando de frío. Cuando el aire sale de mi nariz no soy como el tubo de escape de una vespa, parezco más bien una bestia infernal. Las orejeras negras con una I mayúscula naranja y brillante no ayudan a quitarme esa imagen de la cabeza.

9:10. Estoy avanzando por el pasillo del autobús en busca de sitio. Hay asiáticas sentadas de dos en dos, una viejecita, un tipo con cazadora de cuero, gorra, cara de pocos amigos y que ocupa dos sitios y un chaval que parece majo. Unos minutos después, hablando con él, me entero de que es de Georgia, sabe que España no está en África y que estuvo ocupada por árabes durante siglos. ¡Aprobado! El conductor se presenta y poco después iniciamos el viaje de tres horas que nos llevará hasta el aeropuerto de O’Hare en Chicago.

11:20. Acabamos de parar enfrente de un enorme gimnasio en medio de la nada. Algunos pasajeros se bajan y se montan luego en una furgoneta que les llevará a otro destino. Una guapa china se con un trasero bastante sexy se baja y no necesita llevar su maleta a la furgoneta ya que un americano con un trasero que debe pesar él solo tanto como la chica le lleva la maleta. Su amiga está ya en la furgoneta. El sonriente conductor da un último aviso anunciando que no se parará más en este sitio. Yo vuelvo a la lectura de mi libro con un ligero dolor de cabeza provocado por la escasez de sueño y pensando en parejas de… páginas.

12:03. Dejo de leer y miro por la ventana durante unos segundos. De cinco coches y un camión que pasan en ese tiempo tres de ellos tienen conductores a los que les gusta hablar por el móvil. Esto me recuerda que no he dejado de oir hablar por teléfono a nuestro simpático conductor desde que hemos salido. A continuación viene otro pensamiento que me avisa de que tampoco estamos tocamos mucho el carril derecho. El siguiente pensamiento que se abre paso tiene que ver sobre las posibilidades de tener un accidente en coche y las de tenerlo en avión. El siguiente es sobre el incremento de posibilidades de accidente cuando el conductor está hablando por el móvil. El siguiente es sobre el hecho de que hoy voy a viajar en ambos medios de transporte. Y el último pensamiento es más sabio que todos los anteriores y me recuerda que el libro que tengo en la pantalla no es tan preocupante.

12:45. Nos dirigimos a la terminal de vuelos internacionales. Solo quedamos cuatro gatos en el autobús y estamos dando vueltas en busca de unos pasajeros que irán de vuelta a Urbana-Champaign y que el conductor quiere recoger antes de dejarnos a los pocos que volamos fuera del país. Hemos parado en donde se suponía que debían estar los nuevos pasajeros pero falta uno. El conductor que había ido a buscarle a la sala de espera vuelve sin pasajero y con una bolsa del McDonalds que probablemente sea su desayuno.

14:00: Acabo de pasar la zona de seguridad. Aún con todo el equipaje electrónico que llevaba encima no me han parado. Y yo que pensaba que uno de los guardias me había echado el ojo en la cola… Tras dar unas vueltas por la sala de espera escudriñándola en busca de enchufes me doy por rendido y me siento. Me siento pero mi mente se rebela. Quedan tres horas para que salga el vuelo y tres horas menos de batería son muchas horas menos de batería durante el vuelo. Me fijo un poco más en la sala y veo que una de las dos columnas que parecen tener enchufes está ocupada. La chica está utilizando solo uno de ellos. No hay asientos cerca y aunque el cable de corriente es largo descarto la idea de sentarme en el suelo. Me fijo en el hombre sentado al lado de la otra columna y con ausencia total de descaro rodeo la columna y me agacho para mirar por debajo de una de sus piernas y veo un enchufe libre. Le pregunto con toda la sutileza que no he usado antes y finalmente consigo corriente alterna para mi portátil.

15:02. La sala de espera se va llenando lentamente, como con cuenta gotas. Las alarmas de los detectores de metales cercanos me mantienen despierto así como los mensajes que suenan cada 2 o 3 minutos de aerolíneas mejicanas anunciando que Fulanito Mendoza o Ramón Menganito van a perder el vuelo como no vayan ahorita mismo a la puerta de embarque. Enfrente de mí una familia alemana que ocupa 5 asientos hablan alemán. Uno de los chicos está jugando con la nintendo DS rosa con pegatinas fosforitas de su hermana que está estudiando “Everyday Mathematics”. De vez en cuando hablan, en alemán, pero solo capto palabras sueltas. Me reconforta pensar que mi madre siempre dice que un idioma lo sabes de verdad cuando puedes entender a niños y ancianos.

16:20. Acabo de subir al avión. A mi derecha una chica con un llamativo vestido de rojo insiste en no querer separarse de su violín y sus 3 bolsas de dios sabe qué. No está tan delgada como las chinas del autobús y con todos esos bultos parece una sardina enlatada. A los pocos minutos no puede evitar ponerse a hablar y cambia mi imagen de sardina enlatada por la imagen de una sardina enlatada violinista de Amsterdam. Por suerte el chico joven que se sienta a su derecha parece tener las mismas ganas de hablar que ella y pronto una agradable cortina de silencio crece entre yo y ellos. Antes de despegar pasa a ser simplemente violinista de Amsterdam por orden de las azafatas.

Algún momento de la madrugada. Ahora están poniendo una película que no entiendo. Un hombre no hace más que desvanecerse en el aire y al poco aparecer desnudo en otro punto del espacio-tiempo. En un momento está con su novia y en el siguiente está saludando a su hija años en el futuro. Pienso en Freud y en esos sueños en los que aparecemos desnudos o sin ropa interior ni pantalones que todos tenemos (¿verdad?). El sueño me rodea con sus abrazos, me abraza, sujeta mi cabeza pero me tortura y no me da el beso que me mande a dormir. El día que pueda dormirme en un medio de transporte haré una fiesta (en sueños).

Más tarde. El tiempo ya es una dimensión irrelevante. Estoy escuchando música y a la vez viendo a Mr Bean haciendo el ganso con un niño pequeño en un parque de atracciones. Ya le he visto en tantos vuelos que me parece hasta entrañable.

En algún momento del tiempo entre el párrafo anterior y el siguiente. Ahora están poniendo a unos británicos destrozando coches y haciéndose jugarretas entre ellos. La violinista de Amsterdam y el tipo de la derecha no pueden evitar parar de reirse mientras el resto del avión está durmiendo. El hombre mayor de delante de ellos les llama la atención dos veces. Ellos tratan de contenerse pero los británicos de la tv son demasiado divertidos. Preveo lucha pero no, al final no hay lucha. También podían haber elegido otra película para poner de madrugada.

7:35 del 14 de diciembre (hora de Madrid). Tengo sueño, hay pocas cosas que realmente no soporto. Una es la sangre y la otra es tener sueño y no poder dormir. El lado positivo de estar sentado durante tantas horas en un avión es que bebes todo el zumo que no bebes en un año. Comparado con viajar a Japón las 7 horas de vuelo de Chicago a Amsterdam se me hacen cortas.

9:35. Estoy en el aeropuerto de Shiphol, Amsterdam. Mi vuelo a Madrid se ha retrasado una hora pero estoy tan cansado que me da igual. Estoy tumbado en un sillón con el portátil leyendo artículos sobre cómo mejorar el rendimiento de sistemas de procesado de lenguaje natural cuando tienes mucho texto que procesar.

13:10. Ya he aterrizado, mi maleta ha salido pronto pero cuando voy a coger un taxi los 20 que había en la parada están discutiendo con unos policías y al poco se marchan todos. Más tarde me entero de que hay huelga de taxis. Cojo el metro, ya da igual, me muevo por inercia. Al salir del metro el ascensor no funciona y tengo que cargar con la maleta y la mochila por las escaleras, me río para mis adentros. Mi interior está en paz. Que me echen lo que quieran. Estoy a punto de llegar a mi meta y ya no distingo dolor de placer. Me siento como si fuese un espartano de 300 y los obstáculos fuesen los persas. Tengo suficientes fuerzas para no soltar la maleta, la mochila ni la cartera.

Y finalmente…

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